La Nueva Evangelización
«Mira que hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21, 5)

El Espíritu es también para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización. Será por tanto importante descubrir al Espíritu como Aquel que construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar dentro de la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos. (Tertio millennio adveniente, 45).


Sabemos que Nueva Evangelización no quiere decir evangelio nuevo, como si el Evangelio que recibimos estuviese caduco o fuera insuficiente. «Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre» (Heb 13,8). Sabemos también que «no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,12).

Nueva Evangelización: entusiasmo nuevo por la misión, animado por la conciencia renovada de su necesidad y exigencia, así como por los nuevos espacios que le son abiertos, donde el Evangelio parece estar olvidado o clasificado como “ya conocido”. Es una expresión muy fuerte y viva para manifestar que la novedad pertenece al Evangelio y sólo a él. Por ello la Iglesia no cesa de presentar su mensaje. Por esta razón, la Iglesia debe hacer un diagnóstico del mundo que ella percibe, y reflexionar sobre los métodos que deben ser adoptados. La vocación misionera está inscrita en la naturaleza de la Iglesia (Tertio millennio adveniente, 57).


Para que un anuncio sea Buena Nueva de Dios para el pueblo, no basta con que hable correctamente sobre Dios; debe también revelarlo, hacerlo presente. Jesús no sólo hablaba sobre el Padre, sino que también lo revelaba con su actitud y su modo de vivir.


En Nazaret Jesús proclama su misión

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu, y su fama corrió por toda aquella región. Enseñaba en las sinagogas de los judíos y todos lo alababan. Llegó a Nazaret, donde se había criado, y el sábado fue a la sinagoga, como era su costumbre. Se puso de pie para hacer la lectura, y le pasaron el libro del profeta Isaías. Jesús desenrolló el libro y encontró el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos que pronto van a ver, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor. Jesús entonces enrolló el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó, mientras todos los presentes tenían los ojos fijos en él. Y empezó a decirles: «Hoy se cumplen estas palabras proféticas y a ustedes les llegan noticias de ello.»

La palabra “Ev-angelio” significa “Buena Nueva” y es lo que viene anunciar Jesús. El texto que ha tomado del profeta Isaías recuerda al pueblo de Israel,  oprimido y golpeado que, vuelto a Palestina después del destierro, no ha encontrado la paz y prosperidad que esperaba. Pues a esos pobres y desamparados, Dios les muestra que cuida de ellos enviándoles un profeta.


Desde el comienzo de la actividad mesiánica, Jesús manifiesta, en primer lugar, su misión profética. Jesús anuncia el Evangelio. Él mismo dice que "ha venido" (del Padre) (cf. Mc 1, 38), que "ha sido enviado" para "anunciar la Buena Nueva del reino de Dios" (cf. Lc 4, 43).

La bienaventuranza de la pobreza nos remonta al comienzo de la actividad mesiánica de Jesús, cuando, hablando en la sinagoga de Nazaret, dice: "El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc 4, 18). Se trata aquí de los que son pobres no sólo, y no tanto, en sentido económico-social (de "clase"), sino de los que están espiritualmente abiertos a acoger la verdad y la gracia, que provienen del Padre, como don de su amor, don gratuito ("gratis" dato), porque, interiormente, se sienten libres del apego a los bienes de la tierra y dispuestos a usarlos y compartirlos según las exigencias de la justicia y de la caridad. Por esta condición de los pobres según Dios ('anawim), Jesús "da gracias al Padre", ya que "ha escondido estas cosas (= las grandes cosas de Dios) a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla" (cf. Lc 10, 21). Pero esto no significa que Jesús aleja de Sí a las personas que se encuentran en mejor situación económica, como el publicano Zaqueo que había subido a un árbol para verlo pasar (cf. Lc 19, 2-9), o aquellos otros amigos de Jesús, cuyos nombres no nos transmiten los Evangelios. Según las palabras de Jesús son "bienaventurados" los "pobres de espíritu" (cf. Mt 5, 3) y "quienes oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 28).

Juan Pablo II
Audiencia General 20 de abril del 1988


Nuestros obispos de Latinoamérica y El Caribe se reunieron con el Papa Benedicto XVI en Aparecida, Brasil, inaugurando el 13 de mayo de 2007 la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14, 6).” La V Conferencia, analizando la realidad Latinoamericana y Caribeña en el contexto actual, se ha propuesto “la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (Documento de Aparecida 10).